Artículo publicado en la sección "El Pastor en la Roca" de "Melómano nº 212 , Octubre 2015
"Aquello que amo vive tan lejos de mí mismo, que alzo con todo ardor mi canto desde la roca hacia ello, tan lejano, allá bajo...". "Der Hice ouf dem Felsen D 965", texto de Wilhem MullerlHelmina von Chézy, música Franz Schubert

La irresistible fascinación por Schubert

¡Queridos lectores, amigos melómanos!
Es un hecho absolutamente constatable
y profundamente llamativo desde las últimas décadas del pasado siglo XX hasta nuestro días el auge, la preeminencia en los programas y el favor del público del que disfruta la música de Schubert. Este sencillo pastor schubertiano, desde su solitaria y alejada roca, con esta afirmación, no descubre nada nuevo, aunque es consciente de que la misma puede generar dudas, y es necesaria una cierta reflexión al respecto.Veamos cuáles son las razones de este hecho: en un primer y superficial análisis podemos encontrar como causas de esa fascinación el noble y sincero melodismo de la música del gran compositor austríaco, la fácil asimilación de sus obras -perfectamente estructuradas-, la belleza de sus motivos, la vastedad y variedad de su catálogo, el parejo nivel que alcan­za tanto en la música sinfónica como en la de cámara, etc., solo nos falta una ópera de gran calado y alguna obra de gran formato en el género concertante para afirmar que estamos ante un maestro completo y absoluto, dominador consumado de todos los géneros musicales. Sin duda, Franz Schubert con su extraordinario legado, donado a la poste­ridad a la escandalosa edad de 31 años, casi finalizando su juventud y en una primera madurez, puede ser considerado -y, de hecho, lo es- como una figura incontestable de la historia de la música. Sin embargo, el hecho de haberse convertido en uno de los grandes compositores sin resultar polémico -ni siquiera para los detractores de su música-, no es un hecho solo justificado por la calidad y cantidad de su obra musical. En Schubert y su música hay un "algo más", un "más allá" diferente del misticismo wagneriano, del culto a Beethoven como titán de lamúsica, del inmenso respeto a la figura de Bach, o al sobrecogimiento que produce la divina belleza y perfección de la música de Mozart.
Bach, Mozart, Beethoven o Wagner parecen alcanzar la estatura de dioses que habitan y gobiernan el parnaso musical, mientras Schubert, también un gigante -que caminó entre sus contemporáneos como un enano-, aparece como un músico fieramente humano, cuya vida fue un dechado de desgracias en el que reinaron ostentosamente la melancolía, la desolación, la desesperanza y la agonía de un "artista errante", un "wanderer" (caminante o vagabundo) que, dotado de un genio sin igual, murió miserablemente en los suburbios de Viena en una habitación llena de humedades y casi en el anonimato.
Ese músico desgraciado, Franz Schubert, el músico del tópico de los"seiscientos lieder", el que compuso obras maestras que son "meta-música", dotadas de una trascenden cia cuasi mística o filosófica (me refiero a Winterreise D91 1, la Sonata para piano n. 21 D960, el Quinteto D9.56, la Sinfonía Incomple­ta D759, el Cuarteto "La Muerte y la Doncella" D8 1 0, la Fantasía `Wanderer" D760, la Sinfonía D944), es hoy por hoy quien, en términos cualitativos -y casi cuantitativos- domina la programación de auditoríos, salas de con­ciertos, festivales, casas de cultura, etc. y la ejecución "doméstica". Su música de cámara, siendo de una factura impecable, no resulta tan comprometida de interpretar técnica­mente, con lo cual -y al igual que se hacía a lo largo del siglo XIX- se ejecuta habitualmente en cada hogar donde los melómanos disponen de un piano o de algún instrumen­to de cuerda, por no hablar de la posibilidad, no solo reservada a cantantes profesionales, de cantar sus maravillosos lieder (del corpus total de canciones hay un significativo porcentaje muy complejo en lo técnico, si bien la mayoría están al alcance de la voz media masculina o femenina; otra cosa es alcanzar cimas interpretativas, algo reservado lógica­mente a los profesionales de reconocido talento y prestigio). El incremento en la interpretación de la música de Schubert es claramente perceptible especialmente en lo que al repertorio pianístico se refiere: las veintiu­na sonatas y los fragmentos de sonata cada vez son más tocados y grabados, al igual que tradicionalmente lo fueron en el siglo XX los Improrriptus, los Momentos Musicales y las Klavierstucke D946.
La música de cámara -en especial el maravilloso Quinteto D956 y los cuartetos y los dos grandes tríos con piano, el D897 y el D929, cuyo Andante incluso se popularizó gracias al cine al formar parte de la banda sonora de la extraordinaria película de Stanley Kubrick Barry Lyndon, al igual que el Andantino de laSonata D959, fragmento musical clave en la película turca Sueño de Invierno, ganadora de la Palma de Oro del Festival de Cannes 2014- también goza del favor del público y de su constante ejecución por los intérpretes más importantes. Menudean también las gra­baciones y más aún los recitales de los mara­villosos ciclos de canciones La bella molinera, Viaje de invierno y El canto del cisne, que sin estar dirigidos a todos los paladares se han convertido en la joya de la corona de las lie­derabend, en especial Winterreise D91 ',quizá la obra maestra de Schubert y posiblemen­te una de las mejores de la historia de la música: el siglo XIX en lo musical sería estética e ideológicamente incomprensible sin el alucinado y desolado viaje del desgraciado héroe (artista) romántico, viaje sin sentido aparente, teñido de melancolía, en pos de la soledad y la muerte y, al final, antesala del nihilismo más recalcitrante. Ya desde pocos años después de la muerte de Schubert los grandes compositores románticos (primero Schumann, luego Liszt, Brahms, y más tarde otros como Bruckner y Mahler) se interesaron y glosaron su música, edificando los cimientos de una tradición en su comprensión e interpretación que llega hasta nuestros días.
Sin embargo, persisten los enigmas en torno a Schubert, su vida y su obra: ¿por qué tantas composiciones incompletas o a medio esbozar? ¿Realmente la sífilis que padecía condicionó su forma de componer música o se trata de un recurso fácil para explicar lo inexplicable? ¿Dónde reside el genio schu­bertiano? Es bien cierto que, como dicen sus detractores, Schubert carece de esa obra capital de fama mundial e intemporalidad absoluta (como la Novena de Beethoven, el Réquiem de Mozart, La Pasión según SanMateo de Bach, Tristán e !solda de Wagner, etc.), pero no por ello decrece el interés por su música ni su fama. En los últimos tiempos incluso se han abierto vanos y fútiles debates en torno a su presunta homosexualidad que, por otra parte, nada aportan a su figura ni dan explicación a lo enigmático del carácter de su legado musical, ni explican el motivo por el cual el melómano actual gusta tanto de su música, la reclama o incluso la exige y, en el caso de ciertas obras (las ya menciona­das como "meta-música"), las consume voraz y repetitivamente en las salas de concierto, temporada tras temporada, como si de una tradición se tratase. ¿Por qué?
Algunas respuestas a considerar: quizá Schubert anticipó en su propia existencia mundana la soledad, el vacío, el tedio y la angustia que experimenta el hombre contemporáneo. Quizá sus sencillas y nobles melodías, tan fáciles de asimilar y tan placenteras, aportan consuelo o serena lucidez al oyente moderno. Quizá los contrastes que se aprecian en sus obras, tan radicales e incluso vio­lentos (humor, atmósfera, color) sean más evidentes que en otros compositores y capturen la atención del melómano moderno de una manera más profunda. Sea como fuere, el hecho cierto y constatable es que la música de Schubert llega hasta lo más fondo del alma humana y lo hizo desde el propio siglo XIX, pero indudablemente, sin tanta fuerza como hoy día. Los detractores del genial compositor austríaco han hablado de la "divina longitud" de sus sonatas, de lo repetitivo de alguno de sus temas, de la cons­trucción un tanto mecánica de algunos acompañamientos, pero todo ello puede tener a sonsa contarlo argumentos que des­montan esas objeciones. El público melómano de Oriente y Occidente, de hecho, ya las ha desmontado hace tiempo: sigue can­tando, sufriendo, llorando, riendo, y asom­brándose con Schubert y, en especial, sorprendiéndose. Quizá ningún otro músico ha conseguido entrar en el fondo del corazón humano con tanta sencillez y de forma tan certera. Sean cuales sean los auténticos motivos de la justa fama del compositor austríaco en nuestros días y de la irresisti­ble fascinación que genera su música, solo nos resta lamentar un hecho insoportable­mente injusto: que la vida de este genio se truncara tan pronto y que, pese a componer tanto, ese tanto, por ser un tesoro tan maravilloso, nos parezca tan poco.